Con un agujero negro en la cabeza.
Quiero aturdirme tanto, hundirme en esta melodía oscura, se vuelve adictivo el correr de los segundos en mi reloj como la duda que amaneció en mi noche.
Debía llorar, pidió a gritos desamparados salir y rompió mi piel tal como la rompería una bomba nuclear a mi lado y me deshice.
Qué necesitaba?
No quise y no quiero palabras, no las quiero. Queden inmovilizados.
Guarden su silencio, o mejor aún, sáquenlo a pasear.
El mensaje circulando por lapsos imaginarios, el laberinto ciberespacial, por llegar a destino que no recepta la felicidad.
Un sentir tan mínimo que se rompe, casi que deshecha lagrimas que no mojan, recorren un drenaje tan sucio.
Un rostro incapaz de sentir algún otro dolor que el que marcho de la cordura hace tiempo y puede que ande por ahí. Egoísta que no ve y no verá hasta encontrar piel de seda donde dormir, que sirva de refugio de los inexistentes, porque millones de pasos no marcan nada pero disfrazan a un universo inquieto que no sabe sentir las verdades que me alejan de mi.

